Un cuento de gatos

Publicado en por SURGE VETERA

Un chasquido en la lucha de los gatos negros

 

Cuando tenía diez años escuché de boca de mi profesor Padre Benjamín de Legarda, fraile capuchino en Alsasua, el cuento que voy a relatar.

El Padre Benjamín era una figura especial. Era pequeño y rechoncho lo que le confería una imagen de niño que no ha crecido y era objeto de chanzas y risas. Como usaba gafas redondas que, habitualmente las sujetaba en el comienzo de su frente, le apodábamos “el piloto” lo que le ponía de un mal genio airoso que todavía nos hacía reír más. Daba clase de Geografía pero todos esperábamos este cuento, aunque lo repitiese.

“Era una oscura noche del final del invierno. Yo estaba en mi celda repasando el breviario. Se había desatado una tormenta de viento  y de agua que oscurecía todo el paisaje de la sierra de Urbasa. El viento era tan fuerte que no dejaba oír la lluvia y los truenos que retumbaban en la cima de la sierra. Seguí con mis rezos, cuando, de pronto comencé a oír un maullido extrañamente largo. Además, era fuerte y profundo tanto que se imponía a los truenos que retumbaban. El maullido se repetía y se escuchaba cada vez más cerca de la ventana de mi celda. De pronto, se escuchó un nuevo y diferente maullido. Igual de profundo y de prolongado; pero diferente, era otra entonación. A pesar de la oscuridad total en el patio, me asomé a la ventana. En ese mismo instante la descarga eléctrica de un rayo cercano me asustó. Miré al patio de recreo y vi a dos enormes gatos negros enzarzados en una feroz riña. A sus saltos, acompañaban maullidos y gritos de dolor. Formaban en el aire extrañas figuras de pelos erizados y extremidades acabadas en finos cuchillos. No tenían ojos y su pelo negro era como la noche misma que les rodeaba. En el suelo, se revolvían entre el barro y el agua sin que consiguiera distinguir sus cuerpos enzarzados. Se acometían de frente, con sus fauces abiertas y sus maullidos de dolor quedaron cortados por el destello fugaz y cortante de un relámpago metálico. En este momento, un potente maullido unísono y desgarrador inundó el patio. Me retiré de la ventana y poco a poco fue extinguiéndose el horrendo quejido, convirtiéndose en lejanos lamentos. A la mañana siguiente, después de maitines me acerqué al lugar donde presencié la riña. Increíble, sólo encontré en el suelo dos colas; SE HABÍAN DEVORADO UNO AL OTRO.”

Nuestras cabecitas de diez años se quedaron paralizadas. Nuestros ojos abiertos y mirándonos unos a otros. En ese momento de nuestra vida se puso en marcha un extraño mecanismo: la duda y la necesidad de búsqueda de verdades. Pero solamente se puso en marcha, ya que nadie, asustados como estábamos, preguntó al Padre Benjamín cómo podía haber sucedido ese hecho y nadie dudó de que fuera verdad.

Han pasado cincuenta años. El otro día me encontré con mi antiguo compañero Luis Famarique y, entre otras cosas que hablamos, me dijo:

-          ¿Te acuerdas de fray Felipe de Sarasate, el hermano lego que se ocupaba de la huerta?

-          Por supuesto, siempre trabajando, oscuro y arrastrando el barro en sus hábitos.

-          ¿Te acuerdas cómo cazaba los topos en la huerta, la habilidad que tenía con su azada brillante y afilada? En un “tras” se cargaba al topo.

Claro, pensé yo. El cuento del Padre Benjamín de los gatos negros…. El destello cortante que vio desde su ventana…..

 

                                                                              Pamplona, 29 de Abril de 2010

                                               Jesús Jáuregui, alumno de 1º del Aula de la Experiencia 2009-2010

 

 

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